IV. “La solemne ofrenda de este cirio…”
CUARTO MOMENTO: ORACIÓN POR EL CIRIO
“…y la vida era la luz de los hombres, y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron.”
(Jn. 1:5)
Entramos en el final del Exultet, cuando lo oigo cantado no quiero que se termine; pero, como dije al principio, hay que pasar de la contemplación al anuncio. Todo el cuarto momento pasa de la contemplación al anuncio. Hemos leído el progreso del Pregón Pascual: el llamado a una alegría incontenible, la alegría de saber que Cristo ha pagado por nosotros la deuda de Adán ante el Padre; la alegría de recordar todos los acontecimientos de la noche de Pascua, acontecimientos que tienen sentido en Cristo que es la clave de lectura musical para la sinfonía de nuestra vida.
Vamos a entrar en el momento final y vamos a hablar de dos aspectos específicos de este momento. El primero: la Pascua del hombre, el plano subjetivo de la noche de Pascua; el segundo: la luz del cirio que brilla en medio de las tinieblas sin apagarse nunca como figura de nuestra vida en Cristo.
Habíamos hablado del plano objetivo de la Pascua, las oraciones en voz pasiva del Exultet que proclaman la acción de Dios por el hombre. Pero la Pascua, como dijimos, tiene también un plano subjetivo que se trata del paso del hombre del pecado a la gracia, de los vicios a la virtud.
El encuentro con Cristo (dijo un hermano muy querido en el Señor) implica un cambio inevitable en la vida del hombre. El encuentro con el Resucitado exige una respuesta del corazón, implica una responsabilidad. En los evangelios, cada vez que alguien se encuentra con Cristo Resucitado recibe la orden del Señor de ir y anunciar a los demás la Buena Noticia.
En “esta noche” en que han sido lavadas nuestras culpas, en que son ahuyentados los pecados, en que se devuelve la inocencia a los caídos y la alegría a los tristes; en esta noche que expulsa el odio, trae la concordia y doblega a los poderosos, Cristo nos exige una respuesta. El Padre nos dio todo, no nos negó ni a su propio Hijo, ¿qué vamos a darle nosotros? Es hora de la Pascua subjetiva, es hora de vivir nuestra Pascua. El Mar Rojo se abre de par en par a nuestros pies, nosotros debemos decidir cruzarlo. Cristo se levanta de la muerte, podemos seguirlo y anunciarlo, o podemos darle la espalda.
Pero se trata de algo serio, no es una simple decisión de algo bonito o feo; estamos hablando de una decisión de vida o muerte como dice el libro del Deuteronomio a su pueblo: “Mira, yo pongo hoy delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal. Si escuchas los mandamientos del Señor tu Dios que yo te mando hoy, amando al Señor tu Dios, siguiendo sus caminos y guardando sus mandamientos, preceptos y normas, vivirás… Pero si tu corazón se desvía y no escuchas, si te dejas arrastrar a postrarte ante otros dioses y a darles culto, yo os declaro hoy que pereceréis sin remedio…” (Dt. 30: 15-17). Seguramente los egipcios no habrían perdonado la vida a ningún israelita que decidiera no cruzar el Mar Rojo, igualmente el Maligno no perdonará la vida de ningún alma que decida darle la espalda al Resucitado.
Pero el Padre perdona la vida de todos, nosotros merecíamos la muerte pero Él decidió librarnos de ese trance y entregar a Cristo en vez de entregarnos a nosotros. Más aún, el sacrificio de Cristo fue una decisión personal del Hijo, no sólo el Padre nos quiso evitar la muerte, el Hijo se ofreció voluntariamente en sacrificio por nuestras culpas y “Por eso Dios lo exaltó y le otorgó el Nombre que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo
¿Qué vamos a hacer con esto? El Señor ha puesto ante nosotros la vida y la muerte, la elección es nuestra. ¡Qué asombroso beneficio de su amor por nosotros! ¡Qué incomparable ternura y caridad! Cristo, al vencer la muerte, no nos quita la libertad de rechazar su sacrificio, nos deja libres para escoger seguirlo o no. La victoria de Cristo sobre el pecado no lo ha desaparecido de manera que no podamos pecar pues eso quitaría nuestra libertad, simplemente nos ha dejado en libertad de elegir entre la vida y la muerte.
El plano subjetivo de la Pascua toma lugar en nuestro corazón. Ante la Resurrección, el hombre recibe de Cristo el poder y la fuerza para pasar de los vicios a la virtud, del pecado a la gracia. Que la Pascua sea para nosotros el tiempo de paso, el paso de la muerte del pecado a la vida en Cristo. Un sacerdote me dijo en una confesión al final de la Cuaresma el año pasado: “Lo que el pueblo de Israel no pudo hacer, Dios lo ha hecho para darle libertad…” Nosotros no somos capaces de vencer al pecado, pero no hace falta que lo hagamos porque ya Cristo lo hizo para nosotros, sólo nos queda decidir si aferrarnos a la acción redentora del Señor o quedarnos en el sepulcro.
“Os exhorto, pues, hermanos, por la misericordia de Dios, a que os ofrezcáis a vosotros mismos como un sacrificio vivo, santo, agradable a Dios: tal será vuestro culto espiritual.” (Rom. 12:1). A la luz de esta exhortación paulina en la que la obediencia al Señor se convierte en una ofrenda de aroma agradable en el altar de Dios, leamos las líneas que componen el último momento del Pregón.
En esta noche de gracia,
acepta, Padre santo,
este sacrificio vespertino de alabanza
que la santa Iglesia te ofrece
por medio de sus ministros
en la solemne ofrenda de este cirio,
hecho con cera de abejas.
Sabemos ya lo que anuncia esta columna de fuego,
ardiendo en llama viva para gloria de Dios.
Y aunque distribuye su luz,
no mengua al repartirla,
porque se alimenta de esta cera fundida,
que elaboró la abeja fecunda
para hacer esta lámpara preciosa.
¡Qué noche tan dichosa
en que se une el cielo con la tierra,
lo humano y lo divino!
Te rogamos, Señor, que este cirio,
consagrado a tu nombre,
arda sin apagarse
para destruir la oscuridad de esta noche,
y, como ofrenda agradable,
se asocie a las lumbreras del cielo.
Que el lucero matinal lo encuentre ardiendo,
ese lucero que no conoce ocaso
y es Cristo, tu Hijo resucitado,
que, al salir del sepulcro,
brilla sereno para el linaje humano,
y vive y reina glorioso
por los siglos de los siglos.
Amén.
En la introducción a esta reflexión comenté que esta oración final fue lo que más me impactó al cantar el Pregón. Ese día me encontré con la responsabilidad que implica ser cristiano: ¡nosotros somos ese cirio! La Iglesia (dice el Pregón) ofrece al Padre un sacrificio vespertino de alabanza en la liturgia del cirio, un sacrificio que debe venir con el culto espiritual al que nos llama Pablo en Romanos 12.
En verdad, sabemos ya lo que anuncia la columna de fuego: anuncia la luz de Cristo Resucitado que nunca se apaga en el corazón ni se apagará cuando brille eternamente en su reino como dice Apocalipsis 21: “La ciudad no necesita ni de sol ni de luna que la alumbren, porque la ilumina la gloria de Dios y su lámpara es el Cordero.” (Ap. 21:23)
Así, el Exultet nos muestra al cirio como figura de Cristo, que distribuye su luz y no mengua al repartirla; pero en esta noche se une el cielo con la tierra, lo humano y lo divino. En Cristo el hombre y Dios se unen; cuando lo aceptamos, el Espíritu entra en nosotros haciéndonos morada de Dios. Cuando estamos llenos del Espíritu de Cristo, el que nos envió en Pentecostés, entonces somos templos suyos, somos cristóforos o portadores de Cristo. ¿Qué puede significar esto? Significa que en nosotros mora la Trinidad y donde vayamos llevamos al Padre, al Hijo y al Espíritu. ¡Esta sí es una responsabilidad!
Con el Espíritu en nosotros podemos decir como San Pablo: “Y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí.” (Gál. 2:20). Somos el cuerpo de Cristo, ¡en verdad somos otros Cristos! Así, la Iglesia como cuerpo y nosotros como individuos nos convertimos en el templo de Cristo y si el cirio es figura de Cristo es también figura de la Iglesia.
Por eso, en la liturgia solemne del cirio pedimos a Dios que el cirio arda sin apagarse. Nosotros somos el cirio consagrado al nombre del Señor, el cirio que debe arder sin apagarse para destruir la oscuridad del mundo; somos la ofrenda agradable llamados a brillar en la oscuridad. Es bien sabido que los cristianos somos Luz del Mundo. Y la luz que viene de Cristo es la luz de la que habla Juan: en la Palabra está la vida y la vida es la luz de los hombres; la luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la han vencido. ¡Somos la luz que no han vencido las tinieblas! Así como en la liturgia de la luz de la Vigila Pascual todas las velas se encienden desde el fuego del cirio, así también nuestras almas deben encenderse con el fuego del Espíritu que resucitó a Cristo para que irradien la misma luz. Que en verdad podamos distribuir la luz sin menguar al repartirla.
En varias oportunidades San Pablo habla de los cristianos como los hijos de la luz. ¡Somos los hijos de la luz! ¿Qué podría decirse de los hijos de la luz si viven como si estuvieran en tinieblas? Para nosotros las tinieblas están vencidas, en toda nuestra vida debemos llenarnos de la luz de Cristo para que no quede espacio a la tiniebla en nuestro corazón. Entre más brille la luz de Cristo en nuestro corazón, más podremos irradiar esa luz a otros en la oscuridad del mundo; y una promesa de esperanza nos fortalece: ¡La luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la han vencido!
El Pregón le pide al Padre que, al regresar Cristo, encuentre encendido el cirio pascual. ¡Que Cristo encuentre encendidas nuestras lámparas a su regreso! ¡Que la luz de este cirio vaya de vela en vela y nadie se quede en tinieblas! Llevemos la luz de Cristo a los hombres que viven todavía en la oscuridad.
Cuando en la Vigilia el cirio entra en el templo, el que lo lleva proclama: “Luz de Cristo”, y la asamblea responde “demos gracias a Dios”. La acción de gracias implica que se ha saciado un deseo, la luz de Cristo llevada a los hombres que la desean y la anhelan produce acción de gracias. Que ese “demos gracias a Dios” sea como la exclamación de Isaías 52: “¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz!”; que estas exclamaciones nos recuerden siempre la sed que tiene el mundo del agua de vida para que podamos llevarla a todos y nadie quede sin tomarla.
¡Pasemos de la contemplación al anuncio! Habría sido difícil que los apóstoles se enteraran de la Resurrección de Cristo si las mujeres se hubieran quedado viendo el sepulcro vacío; no nos quedemos nunca admirando la Resurrección más tiempo del necesario, corramos a anunciar a todos que el Señor verdaderamente ha resucitado.
Nosotros somos el cirio pascual. Que el lucero matinal nos encuentre ardiendo, ese lucero que no conoce el ocaso y es Cristo Resucitado, nuestro Señor que vive y reina glorioso por los siglos de los siglos. ¡Amén!
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