III. “Esta es la noche de la que estaba escrito...”
TERCER MOMENTO: ANUNCIO DE LOS SÍMBOLOS
(Lc. 24:27,31)
El anuncio de los símbolos del Pregón podría servir de homilía para la Vigilia Pascual, podría también terminar con nuestra reflexión, pero después de escucharlo hay que decir algo, al menos una acción de gracias.
si no hubiéramos sido rescatados?
¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros!
¡Qué incomparable ternura y caridad!
¡Para rescatar al esclavo, entregaste al Hijo!
que ha sido borrado por la muerte de Cristo.
¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor!
¡Qué noche tan dichosa!
Sólo ella conoció el momento
en que Cristo resucitó de entre los muertos.
Esta es la noche
de la que estaba escrito:
«Será la noche clara como el día,
la noche iluminada por mí gozo.»
Y así, esta noche santa
ahuyenta los pecados,
lava las culpas,
devuelve la inocencia a los caídos,
la alegría a los tristes,
expulsa el odio,
trae la concordia,
doblega a los poderosos.
¡Cuánto amor! ¡Cuánta pasión! ¡Cuánta confianza tiene la voz del Exultet en su Señor! El arrojo con que pregunta de qué serviría haber nacido si no fuéramos rescatados nos llena de gozo, de esperanza. El hombre anda buscando por todo lado el sentido de la vida y aquí está el sentido de la vida: “¿De qué nos serviría haber nacido
si no hubiéramos sido rescatados?” Eso es todo y no hay más que decir: la Redención de Cristo es el sentido de la vida.
Parece que al Pregón se le han abierto los ojos como a los discípulos de Emaús, es esperable que ellos hubieran tenido una respuesta similar: “¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros! ¡Qué incomparable ternura y caridad!” Una vez que se pone la clave de lectura entonces podemos asombrarnos del poder de la sinfonía, y ante tan incomparable ternura y caridad no queda más que decir junto a San Pablo: “¡Oh abismo de riqueza, de sabiduría y de ciencia el de Dios! ¡Cuán insondables son sus designios e inescrutables sus caminos!” (Rom. 11:33). Cristo viene y da sentido a todo, tan claro queda todo ante nuestros ojos a la luz de Cristo, que no sabemos responder apropiadamente. El hombre acaba de descubrir la maravilla más grande que podría conocer: ¡Para rescatar al esclavo, entregaste al Hijo!
No he encontrado la cita, pero recuerdo que leyendo al teólogo Joseph Ratzinger (hoy el Papa Benedicto XVI) aprendí algo que impactó mi vida: se podría decir que Dios ama al hombre más que a Cristo, que prefiere al hombre sobre Cristo. ¿Por qué? El Pregón lo puso mejor que nadie: ¡Para rescatar al esclavo, entregaste al Hijo!
¿No suena esta exclamación como lo más importante que se le pueda decir a un ser humano? ¡Que nunca le neguemos a nadie la posibilidad de conocer esta verdad! Cristo se ha ofrecido por nosotros al Padre, somos los preferidos del Padre y no sólo “entrega las naciones por salvarnos” como dice Isaías 43; entrega a su Hijo para que todo el que crea en Él no se pierda mas tenga vida eterna.
Cristo, que se ha ofrecido por nosotros, es el sentido de la vida; Él es la clave de lectura que necesitamos para tocar la sinfonía. La afirmación de Cantalamessa no aplica sólo para la Escritura, aplica para la vida de cada ser humano. Cuando Cristo entra en la vida de un ser humano, cuando el corazón se dobla ante su señorío, todo cobra sentido. Nosotros, que conocemos a Cristo y tenemos en Él el sentido de la vida, no podemos dejar que anden por la vida millones de almas que no tienen razón de ser. Por eso, conocer a Cristo implica responsabilidad, la tarea de llevarlo a los demás.
Pero un gran freno para la evangelización es la conciencia del pecado. Muchas veces nos sentimos incapaces de dar testimonio por el pecado que hay en nosotros; a veces no evangelizamos a cierta gente porque la juzgamos incapaz de convertirse. El Pregón, sin embargo, pone el pecado a la luz de Cristo, también al pecado le da un sentido con la nueva clave musical. ¿Qué dice el Pregón sobre el pecado? Dice: “Necesario fue el pecado de Adán, que ha sido borrado por la muerte de Cristo. ¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor!”
Desde la noche de Pascua, también el pecado cobra sentido en nuestra vida. No voy a extenderme mucho en este complicado punto, pero quiero decir unas palabras sobre estas líneas del Exultet.
En la exclamación “¡Feliz la culpa!”, nos encontramos ante un amor incomparable por el Resucitado, la voz del Pregón se llena de un gozo abrumador, tanto agradece y recibe la liberación del pecado que encuentra feliz la culpa que le ha merecido a Cristo. San Ambrosio ya había hablado con ese mismo arrojo cuando dijo: “Feliz ruina que es recompuesta… Mi culpa se ha hecho para mí el precio de la redención… Más ventajosa fue para mí la culpa que la inocencia.”[2]
Estas afirmaciones casi parecen rayar en la blasfemia; pero no son blasfemias sino gritos de alegría de un corazón que conoce la libertad que viene de Cristo. Nunca, después de la Pascua, deberíamos ver al pecado como un freno para la evangelización; si lo vemos a la luz del Pregón, entenderemos que el pecado es una razón más para evangelizar, es una razón más para buscar a Dios y es una razón más para cantar la victoria de Cristo en la cruz. No se trata de ignorar la naturaleza del pecado: el pecado nos aleja de Dios; pero en Cristo el pecado pierde todo su poder y las obras del Enemigo terminan por demostrar el poder y la majestad del Señor.
Pongamos la clave musical a la sinfonía de nuestra vida, ayudemos a que otros puedan poner también la clave de lectura a sus propias partituras. Así se nos abrirán los ojos como a los discípulos de Emaús y podremos, como ellos, volver a Jerusalén a anunciar la Resurrección incluso a los demás discípulos. Todo en Cristo cobra sentido; sin Él no hay razón para la existencia.
Esto lo había descubierto hace mucho tiempo Pablo, cuando escribió a los corintios: “Y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana: estáis todavía en vuestros pecados… ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos como primicia de los que murieron.” (I Co. 15:17,20). Así que la Resurrección de Cristo trae a su pleno significado todas las cosas, antes de Él todo estaba cubierto por un velo, ahora todo tiene sentido; también es así en la vida de cada ser humano. Por eso es necesario alegrarnos con el Pregón que bendice la noche de Pascua, la única que conoció la hora en que Cristo resucitó, la única que pudo ver el instante en que toda la historia cobró sentido.
Algunas veces he visto el amanecer; durante la última media hora antes de que comience a salir el sol las cosas tienen formas confusas y son difíciles de identificar. La sombra de la hora antes del amanecer no deja ver bien la cara de los demás, vemos una figura oscura y creemos que se trata de una persona sin saber que tal vez es un tronco. Pero cuando llega la luz del sol todo cobra su verdadera forma ante nuestros ojos y podemos distinguir entonces a un tronco de un ser humano. Esto mismo ocurre en la noche de Pascua, ocurre también cada vez que un corazón se encuentra de frente con la luz del Resucitado.
Por eso exclama el Pregón: “Esta es la noche de la que estaba escrito: ‘Será la noche clara como el día, la noche iluminada por mí gozo.’” En verdad la noche del mundo en donde las cosas tienen formas confusas resulta clara como el día en el momento en que Cristo vuelve del sepulcro; la noche se ilumina del gozo del Señor y ya no hay confusiones ni sombras. Todo está claro ahora que Cristo ha resucitado, como dice un canto: “En él no hay sombra de temor, la noche y el día lo mismo son.”[3]
Terminamos este tercer momento con las propias palabras del Exultet, palabras que no deben ser explicadas sino meditadas, no deben ser leídas sino proclamadas, no deben ser pensadas sino oradas.
Y así, esta noche santa
ahuyenta los pecados,
lava las culpas,
devuelve la inocencia a los caídos,
la alegría a los tristes,
expulsa el odio,
trae la concordia,
doblega a los poderosos.
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