II. “Esta es la noche…”
SEGUNDO MOMENTO: EL ANUNCIO DE LOS ACONTECIMIENTOS
“En cada generación, cada uno debe considerarse como si él mismo hubiera sido liberado personalmente de Egipto.”
(Celebración judía de la Pascua)
El Exultet pasa del anuncio de la alegría a enumerar la serie de acontecimientos que se conmemoran en la Vigilia Pascual. A partir de ese momento comienza a entrelazar los acontecimientos con sus significados, pero queda una pequeña diferencia todavía que nos dará espacio para decir que la segunda parte es el anuncio únicamente de los acontecimientos.
Será necesario considerar que la teología ve la Pascua en dos planos: el plano “objetivo” y el plano “subjetivo”. El plano objetivo de la Pascua corresponde a los hechos: en esa fiesta se celebra la liberación de Israel en Egipto y la muerte y Resurrección de Cristo. Se trata de acontecimientos históricos donde el protagonista es Dios, Él es el que mueve las cosas para que ocurran. En el plano subjetivo de la Pascua, en cambio, el protagonista es el hombre; ahora se trata del paso del hombre de los vicios a la virtud, del pecado a la gracia. Los dos planos de la Pascua se celebran en la Vigilia y ambos son proclamados por el Pregón.
Vamos a hablar en este segundo momento más del plano objetivo; aunque es inevitable que se entrelacen ambos planos por la naturaleza de lo que reflexionamos.
El segundo momento del Pregón dice así:
la deuda de Adán
y, derramando su sangre,
canceló el recibo del antiguo pecado.
en las que se inmola el verdadero Cordero,
cuya sangre consagra las puertas de los fieles.
en que sacaste de Egipto
a los israelitas, nuestros padres,
y los hiciste pasar a pie el mar Rojo.
en que la columna de fuego
esclareció las tinieblas del pecado.
en que, por toda la tierra,
los que confiesan su fe en Cristo
son arrancados de los vicios del mundo
y de la oscuridad del pecado,
son restituidos a la gracia
y son agregados a los santos.
Esta es la noche
en que, rotas las cadenas de la muerte,
Cristo asciende victorioso del abismo.
Las palabras citadas arriba de la celebración judía serán nuestro guía en este segundo momento del Pregón. Cada vez que celebramos la Pascua (tanto la liberación de Egipto como la Resurrección del Señor) debemos pensar de nosotros mismos como si hubiéramos sido liberados personalmente, como si hubiéramos estado en el lugar de los acontecimientos. Los acontecimientos narrados en el Pregón Pascual no vuelven a ocurrir cada año en la Vigilia, pero al recordarlos debemos revivirlos en nuestro corazón de manera que podamos pasar del plano objetivo al plano subjetivo de la Pascua, de la contemplación al anuncio.
Nuestra alegría, la alegría a la que nos invita el primer momento del Pregón, tiene una razón muy profunda; podríamos decir que tiene numerosas razones. La más importante es esta: que Cristo ha pagado por todos la deuda de Adán al eterno Padre y derramando su sangre canceló el recibo del antiguo pecado. Frente a esto no hay mucho que decir, ¡Cristo murió por nosotros! Así comienza la noticia más importante que se proclamará jamás, haberla escuchado implica toda la responsabilidad.
Cristo no murió por una masa de nombres y apellidos o por un extraño conjunto de personas llamado “la humanidad”; no, ¡Cristo murió por vos! Murió por mí. Cuesta darnos cuenta de esto aún cuando lo decimos muchas veces, pero se trata de algo que no podemos olvidar nunca. Pensemos por un momento que Cristo no murió por todos como se dice normalmente, Cristo murió por uno solo: “por mí”. Si vemos así el sacrificio de Cristo en la Cruz no es un hecho que ocurrió hace dos mil años en un lugar muy lejano; es un hecho real que me incumbe directamente y que exige de mí una respuesta. Una vez que he podido darme cuenta de eso, entonces debo pasar a darme cuenta que Cristo murió también por mis hermanos y mis conocidos y los que no conozco. ¡Murió por todos!
El conocido lema de los Tres Mosqueteros tiene mucho sentido a la luz de Cristo: “Uno para todos”. Esta certeza debería cambiar mi perspectiva de los otros, del prójimo. “En el rostro de cada hombre hay un destello de la gloria de Dios.”[1] Eso es lo que debería enseñarnos el alcance de la muerte de Jesucristo. ¿Cómo voy a dejar que un ser humano se muera sin saber que vale la sangre de Dios? ¿Voy a negarle la noticia más importante a alguien que no conoce a Cristo? ¡Que podamos proclamar a todos los que se nos crucen por la vida esta verdad! Unamos nuestra voz a la del Pregón y cantemos juntos: ¡Él ha pagado por todos la deuda de Adán!
El Pregón habla de la noche de la Vigilia y afirma que “esta es la noche” en que ocurren los hechos de la Pascua. Frente al eterno presente de Dios la noche de Pascua no se repite una y otra vez, pero está siempre en acción. La Pascua se prolonga por todos los siglos, al recordarla “tocamos la eternidad” como me dijo John Keating, un hombre de Dios el año pasado.
Recordar los acontecimientos es algo pedagógico para el hombre. Constantemente el pueblo de Israel recuerda las acciones de Dios en su favor para tratar de serle fiel; cuando el pueblo falla, Dios le recuerda a su pueblo las acciones que ha hecho en su favor para devolverlo a la fidelidad. Así mismo nosotros debemos recordar siempre lo que Dios ha hecho en nuestro favor.
El Pregón nos anuncia los acontecimientos: en esta noche se inmola “el verdadero Cordero pascual”; es la noche en que Dios sacó a nuestros padres de Egipto; es la noche en que la columna de fuego esclarece las tinieblas del pecado.
Podríamos decir que se trata de la noche en que Dios interviene a favor nuestro como dice San Pablo: “Por lo demás, sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman;” (Rom. 8:28). En esta noche Dios interviene para bien de todos, no sólo de los que le aman, sino de todos los hombres; cada uno tendrá que responder a esa intervención.
En la expresión “nuestros padres” podemos encontrar dos líneas de significado para nuestra vida personal. El Pregón proclama que nuestros padres fueron liberados de Egipto. Podríamos decir, “Nosotros no, sino nuestros padres.” La primera línea de significado en la expresión “sacaste a nuestros padres de Egipto” es que se trata de algo pasado, algo anterior a nosotros. Cuando los judíos se refieren a “nuestros padres” hablan de la generación anterior, los antepasados porque se están refiriendo a acciones pasadas de Dios. Sin embargo, dicen “nuestros padres” porque, si bien los acontecimientos son pasados, son acontecimientos que les incumben directamente. Cada vez que decimos “sacaste a nuestros padres de Egipto” estamos hablando de una acción pasada en la que nosotros nos vemos directamente beneficiados.
Las acciones de Dios a favor nuestro a veces son por medio de nuestros padres. Mi ejemplo personal está en el testimonio de conversión de mi papá. Cuando él tuvo su encuentro personal con el Señor fue un momento en que literalmente el Señor lo rescató de la muerte, después llegó a su mente el salmo 118: “No he de morir, viviré y contaré las obras del Señor.”. En verdad si mi papá hubiera muerto ese día, yo no habría nacido; así que también yo debo proclamar con él ¡No he de morir, viviré y contaré las obras del Señor! Las obras de Dios a favor de nuestros padres son también a favor nuestro. No estuvimos ahí cuando el Señor sacó a nuestros padres de Egipto, pero hoy nosotros disfrutamos de la libertad que viene de esa obra de Dios a favor de nuestros antepasados.
El Pregón continúa y pasa a una serie de sucesos que toman lugar en “esta noche”, me gusta que aquí el Pregón entre en voz pasiva. Los hechos que narra a continuación son irresistibles, todos “los que confiesan su fe en Cristo son arrancados de los vicios del mundo y de la oscuridad del pecado, son restituidos a la gracia y son agregados a los santos.” ¡Qué gran afirmación! ¿Cómo no alegrarnos y exultar de júbilo ante este don que recibimos de Dios? Destacaba el peso de la voz pasiva en estas afirmaciones, el paso del pecado a la gracia es una acción que realiza el Señor en nosotros, no podemos hacerlo por nuestras fuerzas. Pero, para que seamos restituidos a la gracia tenemos que confesar nuestra fe en Cristo. A partir de ahora, cuando confesemos nuestra fe (tanto en la liturgia como en el testimonio cotidiano) recordemos el gran don que viene de este valiente gesto, ¡somos arrancados del vicio y agregados a los santos! El Señor respeta así nuestra libertad, si confesamos libremente que Cristo es el Señor entonces seremos arrancados de la oscuridad. Como dice San Pablo: “Porque si confiesas con tu boca que
Esta afirmación tan llena de esperanza marca una diferencia cargada de responsabilidad: “confesar con la boca” y “creer en el corazón”; se trata de dos acciones diferentes pero directamente relacionadas. No puedo sólo “confesar con la boca” que Cristo es el Señor (ya lo había advertido el Señor cuando dijo: “No todo el que me diga: ‘Señor, Señor’, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre que está en los cielos.” Mt. 7:21); debo también creerlo en el corazón, para no ser como los fariseos a los que Jesús llama “sepulcros blanqueados, que por fuera parecen hermosos, pero por dentro están llenos de huesos de muertos...” (Mt. 23:37). Claro está que tampoco podemos quedarnos confesando a Cristo sólo en el corazón sino que hay que dar testimonio a los demás pues “Nadie enciende una lámpara y la tapa con una vasija, o la pone debajo de un lecho, sino que la pone sobre un candelero, para que los que entren vean la luz.” (Lc. 8:16).
Por eso, confesemos con la boca y creamos con el corazón que
[1] Curso de Teología del Instituto Internacional de Teología a Distancia, Biblia y Jesucristo U.D. 4. IITD 2005.
1 comentario:
Solo comento para que sepas que estoy leyendo el blog veo que aveces no hay muchos comentarios, pero supongo que igual hay varia gente que lo lee!
Buenisimo
Publicar un comentario