20 de marzo de 2009

La conquista de la ciudad - Parte 2

¿Qué sería lo primero que diríamos de nosotros si conociéramos a una persona nueva en la universidad, en el trabajo o donde sea que pasemos más tiempo del día? Ahora imaginemos que haríamos, si esta persona nos dice que tiene una enfermedad terminal y le han diagnosticado que le queda poco tiempo de vida. Por último, ¿qué haríamos si nos enteramos de que esta persona no cree en Dios y nunca nadie le ha hablado de Dios?

El ejemplo es un poco dramático, me lo dio un amigo hace muchos años (seguramente él no se acuerde que me lo dio). Mi respuesta inmediatamente fue: le hablaría de Dios, le diría que Dios lo ama. Luego mi amigo me dijo, “la verdad es que nunca sabemos cuándo va a morir una persona, ¿por qué no nos ponemos a hablarle de Dios apenas la conocemos?”

Yo honestamente no soy alguien que me ponga a hablar de Dios apenas conozco a alguien, y la verdad es que esas preguntas de mi amigo no las tuve muy presentes durante mucho tiempo. Hay muchos factores que nos impiden ponernos a evangelizar así de golpe.

Cuando hablaba la semana pasada de la evangelización al azar recibí dos comentarios que no quedaron en el blog: 1) es algo demasiado antinatural llegar a hablarle a una persona que en nuestra vida hemos visto. 2) La verdad es que la evangelización al azar te intimida y te pone en riesgo, nunca se sabe lo que pueda responder la otra persona.

¿Qué pienso de esto? Sí, y sí. Sin embargo, ahora que he tenido oportunidad de hacer esto un poco más a menudo (ya lo he hecho más veces en Monterrey de lo que lo hice en San José), lo primero que me digo cuando veo a una persona a la que sé que le tengo que hablar es: “no sé si Dios decidió darle a esta persona una última oportunidad a través mío.”

La verdad es que es antinatural y peligroso. Nos pueden golpear, nos pueden insultar, nos pueden tachar de inadaptados sociales y locos. Pero el riesgo vale la pena jugárselo, qué tal si la persona lleva toda su vida esperando una frase tan sencilla como “Dios te bendiga.”

Para mí, que me cuesta entablar conversaciones con gente conocida, es una angustia salir a caminar por una universidad a ver a quién me encuentro solo para decirle por tres minutos que Dios lo ama. No voy a decir que sea fácil ni que sea agradable; es más, posiblemente nunca en esta vida veamos el fruto de haber hablado de Dios por un instante a un desconocido. Pero eso es lo que el mundo necesita; la verdad es que, a nuestro alrededor, toda la gente quiere ser feliz y mucha gente no tiene la menor idea de cómo alcanzar la felicidad. Nosotros podemos ofrecerles una opción.

La próxima vez que estén en un lugar público, los invito a tomar uno, dos o tres minutos para acercarse a alguien, preguntarle su nombre, a qué se dedica, presentarnos nosotros y decirle: “yo he encontrado la felicidad en Dios, y sólo quería compartirlo con alguien, yo creo que Dios te ama y quiere tener una relación personal con vos.”

Así comienza la conquista de la ciudad…

Es así de fácil… ahí me cuentan como les fue…

1 comentario:

Pili Carmona dijo...

que Dios siga poniendo palabras en tu boca, sonrisas en tu rostro y amor en tu corazón, que sigás teniendo un corazón dispuesto, Él hace el resto. Si una persona recibe amor por medio de ese servicio, valdrá la pena el haber vencido ese temor o esa indecisión, es una cuestión de salvación, es más fuerte que cualquier cosa, ese Amor es más poderoso y más valioso que nuestro temor mismo. Que se te note! que tengás que usar las palabras sólo despuès de que tu propia forma de vivir ya habló claramente sobre lo que hay en tu corazón!! un abrazo!!