31 de octubre de 2008

Cuadro 1

Escribí esto viendo un cuadro en la casa de mi primo Óscar Blanco. Es un poco oscuro, como el cuadro. Espero que lo disfruten.

… estaba oscuro, muy oscuro. Podía ver poco, muy poco; pero estaba seguro: él ya no estaba ahí.

Una niebla se extendía de árbol en árbol y las copas se confundían unas con otras formando un solo techo de hojas (seguramente verdes) de tonos grises y azules. El césped apenas se distinguía del asfalto que trazaba rectángulos verdes en los cruces de los caminos.

Cinco luces brillaban blancas, pálidas. Aunque eran lámparas, se confundían con lunas. Pero no podían ser lunas, sólo había una luna; y no brillaba en aquella noche, más negra que la misma noche.

Hacía frío, mucho frío. El viento soplaba como el susurro de muchos lamentos. El techo de hojas se estremecía, crujían las ramas con nerviosos escalofríos. Era como si algo estuviera a punto de ocurrir; pero él solo pensaba en las luces.

¿Se movían? No estaba seguro. Tal vez temblaban por el frío o parpadeaban por la niebla. Parecían lunas, blancas, lejanas, silenciosas, con una indiferencia casi burlona. Acaso esperaban que ocurriera algo; tal vez sabían lo que iba a ocurrir y tenían ansias por verlo.

Todo era tan silencioso que podía oír su corazón retumbando, como un trueno que anuncia la tormenta. Podía oír su sangre corriendo por sus brazos, como huyendo de un desastre. El frío penetró sus entrañas, lo sacudió en un temblor incontenible y heló sus miembros, dejándolos como muertos.

Las luces lo miraban, como la luna mira inmutable al que vela abandonado. ¿Por qué lo miraban? Parecían contener una carcajada… entonces ocurrió.

El silencio se resquebrajó como un vidrio que se hace pedazos. Sintió un calor en su nuca, ardiendo como si estuviera en llamas; y luego un frío de plomo mordiendo el hueso de su rodilla. Sobre él cayeron manos que jalaban, rompían y golpeaban; sentía que era despojado de todo cuanto tenía, y su voz se negaba a salir, enredada en el nudo de su terror.

Entonces las vio a ellas: las luces. Silenciosas y sarcásticas, testigos sin corazón del cruel ataque. Y sus ojos las contemplaron indefensos, impotentes, resignados, hasta que se apagaron y la niebla cubrió su último aliento.

Todo estaba oscuro, muy oscuro. Podía ver poco, muy poco. Pero estaba seguro: él ya no estaba ahí.

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