Las palabras que usa Pablo para decir que vivimos llenos de ánimo nos remiten directamente a Mateo 14:27, cuando Jesús viene caminando sobre las aguas y les dice a sus discípulos: "¡Ánimo!, soy yo, no teman." Entonces Pedro decide también él caminar sobre las aguas, y, por unos instantes, camina en fe. Esta es sin duda la invitación que el Señor nos hace hoy también a nosotros: caminemos en fe, sin tener miedo de las aguas que hay a nuestros pies.
Tenemos un doble sentir en este tiempo en el que vivimos en nuestras tiendas terrenales: por un lado suspiramos, deseando ardientemente ser revestidos de nuestra habitación celeste; por el otro lado estamos llenos de buen ánimo, confiados en el Señor, vivimos en paz con nuestra realidad actual.
Sabemos que somos limitados, que vivimos en una tienda que se puede desmoronar, en algo que no es para siempre, en algo que se acabará. Y estamos tranquilos con eso, porque sabemos que tenemos también una morada eterna, no hecha por mano humana. Sabemos que un día seremos mejores de lo que ahora somos, que un día viviremos en una tienda eterna, y nos encantaría estar ahí ahora.
Pero no estamos todavía ahí. Y, aunque sabemos que habrá una vida mejor que esta, vivimos esta vida llenos de buen ánimo, llenos de confianza, llenos de valor. Suspiramos, sí; somos humanos, anhelamos algo mejor, nos gustaría no estar en esta tienda terrenal. Pero también estamos ubicados: entendemos que mientras estemos en ella tenemos que afanarnos por agradar al Señor. Sabemos que estamos desterrados lejos del Señor, estamos fuera de casa. Dios está con nosotros, pero nosotros no estamos con él, estamos lejos de casa como el Hijo Pródigo, o como Adán, como el pueblo de Israel en Egipto y en el desierto, o como el mismo Abraham. Y, como Abraham, Israel o el hijo pródigo, caminamos en fe y no en visión. Caminamos pensando en el lugar al que llegaremos, tal vez no sabemos bien cómo es o dónde es, pero sabemos que llegaremos.
Estamos llenos de ánimo. Preferiríamos no estar en este cuerpo, pero, ya que estamos en él, caminaremos hacia nuestra morada eterna, hacia nuestra habitación celeste. Y lo haremos llenos de ánimo.
Conozcamos nuestras limitaciones, conozcamos nuestras debilidades, conozcamos aquello que insistimos en hacer y nos aleja de Dios. Pongámosle nombre, porque esas son las paredes de nuestra tienda terrenal, una tienda que se desmorona cada día un poco más; esa es el agua sobre la cual Cristo nos invita a caminar. Y cuando hayamos encontrado todas esas cosas de nuestra humanidad que nos parecen tan despreciables o tan dañinas, cobremos ánimo, llenémonos de confianza; porque sabemos que esta tienda se desmorona, pero tenemos una morada eterna que está en los cielos. Que no nos pase como a Pedro, que se hundió cuando vio sus limitaciones y su humanidad.
Vivamos nuestras vidas hoy, este día, llenos de buen ánimo, caminando en fe y no en visión, sabiendo que vivimos desterrados, lejos del Señor, pero que un día llegaremos a la morada celestial preparada para nosotros.
Y el que nos ha destinado a esto es Dios, Dios mismo nos ha preparado esta habitación, él mismo nos ha dado en arras el Espíritu, para que tengamos una forma de seguir caminando, para que no nos desanimemos.
Por eso nosotros, los que somos extranjeros en esta tierra, los ciudadanos del cielo, ¡cobremos ánimo! ¡Tengamos valor! ¡Caminemos en fe! El Señor irá con nosotros.
No hay comentarios:
Publicar un comentario