Lucas 12:37 - ¡Dichosos los siervos a quienes el Señor encuentre velando a su llegada!
En estos días hemos reflexionado sobre la dicha de los siervos de Dios. Hemos leído en los versículos del capítulo 12 de Lucas cómo Jesús llama dichosos a los siervos aquellos a quienes el Señor encuentre velando cuando regrese. ¡Dichosos los siervos a quienes el Señor encuentre velando a su llegada! ¡Dichosos ellos si el Señor llega en la segunda o en la tercera vigilia! ¡Dichoso el siervo a quien el Señor, al llegar, encuentra ocupado en su trabajo!
Esta palabra es muy común en la Biblia. En griego es makarioi Y se traduce a veces como "dichosos", otras veces como "felices" y otras como "bienaventurados". Es al final la misma palabra. También es la palabra que usa la Septuaginta para traducir varios salmos como el 84: "¡Dichosos los que viven en tu Casa y te alaban sin cesar!" Es también muy común en nuestros cantos (basados, claro, en textos bíblicos). Se asocia siempre a todas esas cosas que nos parecen buenísimas: "Dichosos los puros de corazón porque ellos verán a Dios." "Dichosos los que confían en el Señor"… y muchas otras frases parecidas. Pero, autores como Santiago usan la misma palabra para algunas cosas que no se nos hacen tan dichosas: "Porque nosotros llamamos dichosos a los que sufrieron con paciencia" (Stg. 5:11). Y en el Apocalipsis (14:13) aparece también en los términos del sacrificio: "Luego oí una voz que decía desde el cielo: 'Escribe: Dichosos los que mueren en el Señor. Desde ahora, sí -dice el Espíritu-, que descansen de sus fatigas porque sus obras los acompañan.'" Así que, la dicha no llega solo de aquellos privilegios como los del levita que vivía todo el tiempo en la presencia de Dios, sino que llega también de aquellos retos (y, por qué no decirlo, privilegios también) que tuvieron los mártires y han tenido cuantos han muerto en el Señor y sufrido con paciencia.
Y es interesante como, siempre que leemos pasajes como estos pensamos que los dichosos son otros, pensamos '¡qué dichosos esos!' y no nos damos cuenta de que, en realidad, los dichosos somos más bien nosotros. Nosotros somos de los que dice el salmo: "¡Dichosos los que viven en tu Casa y te alaban sin cesar!" Porque nosotros somos los que tenemos libre acceso al Padre, los que siempre que necesitemos o queramos podemos entrar al cuarto de oración a alabar al Señor y rendirle culto podemos hacerlo. No es ya el levita, somos nosotros los que tenemos esa dicha. Nosotros hemos sido invitados por el Señor, hemos sido llamados por él y se nos ha permitido escuchar su voz. Cuando cantamos: "Dichoso el hombre a quien llama el Señor", ¿nos damos cuenta de que ese hombre somos nosotros? Y cuando decimos: "Y más dichoso aún el hombre aquel, que al ser llamado dice sí de corazón", ¿hemos entendido que cada uno de nuestros "sí" nos hacen todavía más dichosos? Somos nosotros los que hemos confiado en el Señor, los que hemos puesto en él nuestra esperanza. La verdad es que solo por eso estamos donde estamos, porque hemos confiado en él y hemos esperado en sus promesas. Y dice el salmo que "Los que confían en el Señor son como el Monte Sión, inconmovible, estable para siempre." (Salmo 125:1).
Pero confiar en el Señor implica no solo descansar en él, sino también esperar en él y servirlo con diligencia. Nosotros somos también los que el Señor ha escogido para ser sus siervos, los que hemos sido llamados a esperar ya sea la segunda o la tercera vigilia. Y seremos dichosos si el Señor, al llegar, nos encuentra haciendo bien nuestro trabajo. Estamos llamados a sufrir con paciencia, a soportar las tribulaciones de la carne y del mundo, combatiendo con valor la batalla que se nos propone. Estamos llamados a morir en el Señor. Morir diariamente a nuestras preferencias y a nuestros deseos, pero también a que el día que nos llegue la muerte, sea en el Señor. Y dice Tomás de Kempis en su Imitación de Cristo: "¡Dichoso y prudente el que procura pasar la vida como quisiera que lo encontrara la muerte!" Podemos agregar también el que procura pasar la vida como quisiera que lo encontrara el Señor a su regreso. Pero muchas veces se nos olvida que el Señor vendrá como un ladrón en la noche: en la hora menos esperada. ¿Qué si viene mientras lees estás líneas? ¿Qué si viene cuando nos disponemos a dormir? ¿Qué si viene mientras estamos dormidos? ¡Pero dichosos los siervos a quienes el Señor a su regreso encuentre preparados!
En nuestra oración este día, démosle gracias a Dios por habernos escogido para morar en su Casa y por darnos el privilegio de alabarlo sin cesar. Démosle gracias a Dios porque podemos contarnos entre los dichosos. Y pidámosle la gracia para vivir siempre haciendo valer esta dicha, para no dejar que caiga en saco roto la gracia que nos ha dado porque al que mucho se le dio también mucho se le pedirá. Y que él nos siga haciendo dichosos, y nos dé la fuerza para sufrir con paciencia. Que, llegado el día podamos morir en el Señor; o bien, que nos dé el privilegio de no morir, sino de verlo venir triunfante sobre las nubes, en la hora menos esperada.
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